Por Raúl Moreno Wonchee
Quedaron atrás los días en que las elecciones eran parte del mecanismo de los avances democráticos. El desarrollo político menguó cuando la democracia sin adjetivos impuso las encuestas como método, el marketing como escenografía y la alternancia como desiderátum. El estancamiento imperante en el primer docenio del siglo fue la ominosa cuota que se nos impuso para poner a México a salvo del estigma de la dictadura perfecta que nos cerraba el paso a la modernidad occidental y cristiana. En las elecciones de 2000 y 2006 nuestra democracia retrocedió. En 2012, sin querer queriendo el pueblo mexicano recuperó sitio y sentido al infligirle una formidable derrota a la derecha. En seguida se puso en marcha un proceso de reformas transformadoras y se efectuó un importante viraje en la política exterior para volver a la senda del latinoamericanismo integrador. Sin embargo, para sacar adelante las reformas se optó por la conciliación lo que pospuso las necesarias rectificaciones a las distorsiones y retrocesos heredados de los gobiernos derechistas y llevó a aceptar algunas de sus propuestas contrarias al proceso transformador como las últimas ediciones de las reformas política y laboral. Con la declinación de los procesos latinoamericanos y la irrupción del estilo Trump, en el entorno continental la correlación de fuerzas se volvió adversa al interés mexicano. La derechización cobró nuevos bríos y se instaló una endiablada dialéctica que rompió los equilibrios políticos e introdujo designios desestabilizadores. A pesar de todo, en las elecciones de 2018 los mexicanos deberemos asumir que las transformaciones deben extenderse y profundizarse. Y no olvidar las rectificaciones pendientes, entre ellas recuperar la política.
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