Por Raúl Moreno Wonchee
¿Cómo se mide la importancia de una manifestación? ¿Por su organización? ¿Por sus consignas? ¿Por su recorrido? ¿Por la cantidad de asistentes, su condición social y su conducta? ¿Por la causa invocada? ¿Por la calidad de los convocantes y sus contradicciones? Tendríase, entonces, que contar con un buen matemático, uno estilo Condorcet que valorara las correlaciones para encontrar la calificación buscada. ¡Ah! y otra medición muy relevante que por poco se me olvida: el espacio y el tiempo que los medios le dieran al acontecimiento. Y no hay duda: la boruca mediática (con todo y las malas intenciones) a que dio lugar la manifestación del domingo 12 revela que su importancia fue mayor a la concedida por sus críticos. Los primeros convocantes, intelectuales orgánicos de Televisa, desataron una profusa y difusa confusión. Han de haber tenido en mente la trampa tendida en pleno Zócalo, con Roger Waters y el muro, a la fanaticada rockera que fue sorprendida en pleno pasón con la demencial leyenda proyectada en las pantallas del concierto: ¡renuncia ya! buscando vulnerar no a la persona aludida sino a la soberanía. Pero el domingo 12 hubo una presencia decisiva: la UNAM que se sumó a la convocatoria con apenas tiempo para darle a la manifestación masa crítica y sentido. Profesores, investigadores, autoridades, alumnos de posgrado, estudiantes y profesionistas acompañaron al rector Enrique Graue convertido en la referencia necesaria y confiable, auténtico representante de la dignidad reivindicada. La inmensa mayoría de la heterogénea y plural multitud que marchó del Auditorio al Ángel, repudió a Trump, exigió respeto a México y definió el carácter de la marcha con sereno y claro patriotismo, mientras las falanges embozadas fracasaban rotundamente en su intento de reventar la manifestación.
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