martes, 3 de enero de 2017

En el ocaso del neoliberalismo.

Por Víctor Manuel Barceló R.

Sentado ante mi Mac, veo discurrir la vida por la ventana en el señorial y clásico Paseo Montejo de la Blanca Mérida, al sur oriente de México, ciudad que conserva y atesora su seguridad personal y familiar. Son días de visitantes. Los hay de diversas pintas y colores. Estadounidenses huyendo del horror de un nuevo gobierno que les presagia incertidumbre. A otros les alienta hacer valer sus puestas en escena de la barbarie, a que el odio racial lleva a las “fuerzas del orden” a lo largo y ancho del territorio estadounidense para balear, por la espalda, a indefensos “negros” por el simple color de su piel, para después liberar a sus asesinos por jurados de “blancos”, sin culpabilidad reconocida.   

Más allá caminan despreocupadas parejas de jóvenes en pantalón corto y playera, disfrutando una temperatura que no quema, a pesar de un radiante sol matinal que realza los verdes de los añejos árboles, algunos con flores multicolores, otros aún desprendiendo sus hojas secas que el otoño no alcanzó a tirar, en este complejo sistema novedoso de temperaturas, lluvias y vientos, que no son los propios de cada temporada o momento, constituyéndose en muestras fehacientes del cambio climático. Sí, ese que el gobierno que viene para el imperio mayor, no reconoce como producto de afectaciones provocadas por países ricos que indiscriminadamente utilizan hidrocarburos refinados -combustóleos, gasolinas, gas y carbón- para el confort de sus clases privilegiadas -que no llegan al 10% de la población- afectando la vida del resto y poniendo en peligro la existencia del Planeta como hábitat.

Caminando por la ciudad e internándonos en el antiguo territorio maya, podemos constatar poderío y preeminencia española, incluso después de la Independencia obtenida en 1821, que se plasma en suntuosas construcciones familiares –hoy convertidas en sedes de bancos, hoteles y otras instalaciones mercantiles y de servicios-. Ocurre por los años del auge henequenero, de finales del siglo XIX y décadas del XX, que convirtió a los dueños originales de la tierra en semi esclavos de los hacendados a pesar del esfuerzo de su organización y de luchas ancestrales, en que sobresale la “guerra de castas”, que durante 60 años mantuvo una región de Yucatán intocable para la soldadesca porfiriana, hasta que la peste diezmó a sus defensores y desaparece la lucha.       

Acá como en todo el territorio nacional y aquellas porciones que nos arrebataron en invasiones-conquista, hay vestigios de grandes culturas que se eclipsaron por diversas razones, pero cuyas bases de existencia son simiente de las que poblaron Mesoamérica, a partir de los Olmecas y otras culturas, dándole a la región un alto sentido de religiosidad y buenas maneras para la vida del ser humano. Conversando con jóvenes, taxistas, gente madura en restaurantes, caminando, se encuentra una línea de pensamiento que se precisa cada vez más: hay preocupación por el futuro.

Algunos solo lo señalan como incertidumbre acerca de que más harán los gobiernos, sobre todo el federal, para seguir entregando la nación a empresas transnacionales. Otros piensan en organización para ganar el poder –local y federal- y sacar a la nación de la ruta que lleva décadas, en que gobiernos van y vienen, de signos políticos iguales o contrarios y nada hacen por mejorar las condiciones de vida, no digamos de los parias que suman casi el 50 % de la población, sino por los trabajadores organizados que ya no confían en sus sindicatos, porque ocultan su podredumbre entregados al poder central o vendiéndole los derechos, que por muchos años lograron dichos sindicatos, ahora sumidos en la inmundicia y corrupción.     

Muchos afirman –con cierta razón- que desde la invasión-conquista española, que bajo el comando de Hernán Cortés masacró pueblos indefensos y venció con la fuerza de otros, que supo encampanar para tomar la Gran Tenochtitlan y someter al imperio mexica, yuxtapuso su civilización, destronó a los dioses nativos e impuso su lengua, desde ese entonces la corrupción hizo pié en nuestros territorios de la América. Empero no logró vencer la tenacidad y paciencia de los pueblos originarios que mantienen muchas de sus costumbres y someten con sus danzas y cantos paganos, la voluntad de los sacerdotes católicos, que terminaron aceptando ese sincretismo  para las fiestas en honor a su dios y sus santos.

Es interesante ver, en recorridos por otros sitios, de México, Centro y Sudamérica, la similitud de problemas que vive la gente. Sobre ello se aprecia la fortaleza de los pueblos nativos, que al final de cuentas incorporan usos y costumbres a las vivencias diarias, pero no son suficientes para superar el control de la vida toda de sus poblaciones por determinaciones productivas –cuando las hay- pero sobre todo comerciales y de acción social, que provienen de capitales extranjeros coludidos o no con nacionales, capaces de adormecer la capacidad de surgimiento de la producción interna –agrícola, ganadera, artesanal, industrial, extractiva- que vivió desde épocas precolombinas para aletargarse miserablemente en lo que va de mitad del S. XX y XXI.

Frente a estos hechos indudables, muchos gremios, organizaciones de la sociedad, con algunos partidos políticos enraizados a la población, realizan actividades de investigación, productivas y de comercialización, que logran rescatar regiones enteras, incluso países –Cuba, Bolivia y otros centroamericanos y de Sudamérica- muestran que si hay caminos para lograr su desarrollo sustentable. Esto está arraigando, superficialmente comprendido o producto de diálogos profundos extra clase o en cenáculos de discusión, diseminados por todo el territorio de la Región. Ver: http://www.fao.org/docrep/003/t3666s/t3666s04.htm

Posturas muy precisas, a veces incomprendidas o lanzadas de lado por intereses, se muestran en organizaciones de la sociedad. En prácticamente todos los países hay estructuras representativas de campesinos –indígenas o no- que mantienen producción importante de granos, hortalizas y verduras, así como de ganado vacuno y otros. Sin embargo su presencia en los órganos de poder nacional o regional es todavía escasa, dada la presión que ejercen las grandes empresas productoras ligadas al capital transnacional. Durante las cinco décadas posteriores a la Revolución Mexicana, campesinos organizados y obreros en sus gremios, formaron parte del poder nacional. Su presencia fue positiva en tanto siguieron las pautas de un proceso ascendente, transformador. En los años posteriores a la 2ª Guerra Mundial (1945 en adelante) el pensamiento de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) fue el paradigma para las estrategias de desarrollo. Se caracterizó por fomentar el modelo de sustitución de importaciones, originado por las restricciones a la llegada de manufacturas externas debido a la 2ª  Gran Guerra, que  llevó a la fabricación en el ámbito regional, intensificado de 1950 a 1964 y en decadencia de 1965 al 82.

En la relación externa, tales posiciones influenciaron el mantenernos largo tiempo fuera del GATT. La presión externa y la pérdida de la conciencia social en los gobiernos, echaron por tierra lo avanzado, lo que se complicó y devaluó aún más con la llegada al poder de profesionistas educados en las universidades del imperio, que incluso llevaron poco a poco a perder la confianza del electorado en los descendientes de los grupos revolucionarios para entregarla a la derecha nacional, que para ese entonces –principios del siglo XXI- estaban entrelazados con los seguidores de las tesis del “Consenso de Washington”. Estos laboraban en el gobierno federal y algunos estatales, provocando al final, el estado de cosas desastroso que hoy se vive. Dicho “Consenso” representaba y representa en su última versión, los intereses de los países desarrollados para aprovechar la mano de obra barata de nuestros pueblos, exprimir las riquezas de nuestras comunidades y levantar el nivel de confort de los dueños de la riqueza en el Planeta. Ver: http://www.scielo.org.mx/pdf/polcul/n37/n37a3.pdf              

Toda esa vitalidad actuante en la Región indica con claridad dos cosas: Que está en vías de desaparecer el neoliberalismo, como mecanismo de control de las finanzas, la producción y comercio mundiales y, que las organizaciones de la sociedad en Latinoamérica y el Caribe, están listas para avanzar en el control de la producción local, lo que podrá fortalecerse con gobiernos surgidos de sus filas, que respondan a intereses, esperanzas y sueños de quienes conforman los pueblos de nuestra América.

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