Por Raúl Moreno Wonchee
Algunos advirtieron que Trump aprovechaba el interregno para espantar a los asustadizos y echar agua a su molino hasta el límite de su astucia de negociante. Llegado el momento de la asunción, ya no podía seguir adelante y no tuvo sino recular. Hay un antecedente que los distraídos insisten en no advertir: después de su visita a nuestro país, Trump debió cesar sus injurias contra México y los mexicanos. En el resto de su campaña y en los debates fueron otros los blancos de sus ataques. La cortesía y la firmeza fueron las armas de Peña Nieto para contenerlo. El diálogo mostró su eficacia. En su discurso inaugural, Trump se quitó la máscara de vieillard terrible y se mostró cual es: un wasp (white, anglo-saxon protestant), o más exactamente, un wasp reciclado. Al llegar, el presidente 45 echó mano al más rancio nacionalismo americano, el aislacionismo que periclitó en el 45, cuya vertiente expansionista muchos años antes había perdido vigencia. En su discurso no apareció el intervencionismo, en cuyo cáliz bebieron los Bush hasta la náusea. Ni siquiera el injerencismo que la Clinton llevó al paroxismo desde el Departamento de Estado que despedazó las grandes esperanzas despertadas por Obama y representó, para evocar a Martí, el Norte violento y brutal que nos desprecia. ¿Cuál fue, entonces, el mensaje? Proteccionismo a ultranza como respuesta al naufragio de la globalización neoliberal; nacionalismo de gran potencia, derechista, reaccionario, abusivo, excluyente, con una carga de agresividad que en ciertas condiciones puede dar lugar a graves conflictos. Con previsión, México se ha preparado para el diálogo. Una vez más, López Obrador expresó su apoyo al Presidente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario