Por Raúl Moreno Wonchee
Hace 8 años, Obama llegó a la Presidencia de EU en medio de una singular expectación y grandes esperanzas. Abonaban en su favor su discurso que con singular elocuencia ponía énfasis en los desfallecientes valores de la democracia americana, y su atractiva personalidad a la que no era ajena su (casi) negritud. Dos momentos estelares en su vertiginoso ascenso: su discurso en la Universidad de El Cairo donde proclamó sus intenciones en política exterior: de la no intervención a la autodeterminación de los pueblos y que el respeto a la legalidad internacional fuera el camino de la paz, pasando por el compromiso de desmantelar Guantánamo, declaraciones promisorias en nombre de la gran potencia. Y el otorgamiento a priori, no por lo que había hecho sino por lo que no debía hacer, del Premio Nobel de la Paz. Los esfuerzos, propios y ajenos, fueron en vano. Desde el Departamento de Estado, la señora Clinton echó a andar la “primavera árabe” que sumió al Medio Oriente en un baño de sangre; y puso en marcha el mayor operativo antiinmigrante de la historia por el que fueron deportados 2 millones de mexicanos. Cuando buscaba lavarse la cara con Cuba, desplegó su injerencismo en América del Sur y en México. Llegó al fin con el frente oriental abierto por la intromisión golpista en Ucrania y Turquía y la guerra en Siria. En el proceso electoral se desbocó en favor de la Clinton. Más que justificarse con la supuesta intervención electoral rusa, buscó la puerta más falsa: la amenaza bélica. Y luego, postuló la venganza: actuaremos “en el momento y lugar que elijamos. En parte puede ser explícito y publicitado, y en parte, no”. El embajador ruso en Turquía fue asesinado. De orador perfecto, ciceroniano, a bravucón gangsteril, pluscuamperfecto.
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