sábado, 14 de enero de 2017

La nave va. De la bravuconería a la laxitud

Por Raúl Moreno Wonchee

Donald Trump llegará a la Casa Blanca gracias a un sistema donde los votos no cuentan aunque se cuenten. El dato sí cuenta porque la intermediación de los electores vuelve más laxo el vínculo entre el votante y el electo, lo que  permite a éste ajustar las promesas de campaña. Aunque los votos ciudadanos hayan sido avasallados por los votos electorales, la mayoría votó en contra de las propuestas de Trump. Este dato también cuenta porque se va a sumar a las grandes dificultades que enfrentaría el ungido cuando decidiera cumplir sus amenazas. Porque como ninguno de sus antecesores, Trump va a tener que negociar casi todo. De aquí las tensiones del interregno: Trump busca sacar ventaja con vociferaciones a las que deberá renunciar una vez investido. Y las presiones de los grupos de poder que se verán acotadas cuando Trump habite la Casa Blanca. En las negociaciones de Trump para darle rumbo a su gobierno, México ocupará un lugar principal. Desde que comenzó la agitación electoral en EU, el presidente Peña puso en marcha una estrategia preventiva que acentuó cuando vislumbró la probabilidad de que Trump resultara electo. Su intervención en la Asamblea General de las Naciones Unidas de 2015 fue una señal inequívoca a la que siguieron el primer cambio en la Cancillería, el activismo diplomático  y la invitación a los dos candidatos que obligó a Trump a cesar sus injurias contra México. Las firmes y claras definiciones del Presidente al reunirse con el cuerpo diplomático y el nombramiento de Luis Videgaray como Canciller adelantan dignidad, inteligencia y conocimiento en la negociación. Trump deberá recurrir a la laxitud por la que ganó la Presidencia para ajustarse a la realidad.

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